Mensajes y Reflexiones

La lección de la semilla

           

            Ante la perplejidad de los oyentes, les dijo Jesús, convincente:

            - En verdad, es muy difícil vencer los cuidados penosos de la vida humana. Hacia donde miremos encontramos la guerra, la incomprensión, la injusticia y el sufrimiento.

El orgullo y la vanidad de los ricos, el odio y la rebeldía de los pobres, se presentan en el Templo, que es el Hogar del Señor.

No siempre es posible tener el corazón puro y limpio como se lo desea, porque hay siempre espinos, lodos y serpientes a nuestro alrededor. Sin embargo, la idea del Divino Reino es como una semilla minúscula de trigo. Es lanzada en la tierra, soporta el peso de los detritos y, si bien sea casi imperceptible, si germina no permite que la presión y las impurezas del suelo le paralicen la marcha. Atraviesa la tierra oscura y aunque encuentre allí gran parte de su alimento, es dominada por el impulso de buscar la luz exterior. A partir de ese momento, si hay lluvia o sol, si es día o noche, trabaja sin detenerse en su propio crecimiento y en esta ansia de subir, fructifica en beneficio de todos.

El aprendiz que sintió la felicidad del avivamiento interior, tal como le sucede a la semilla de trigo, observa que raíces largas lo retienen a las inhibiciones terrenas… Sabe que la maldad y la desconfianza le rondan los pasos, que el dolor es una amenaza constante; sin embargo, prueba sobre todo, el impulso del ascenso y ya no puede detenerse.

Actúa sin cesar en beneficio general, en el camino del cual se volvió peregrino. No encuentra seducciones irresistibles en las flores de la jornada. El reencuentro con la Divinidad, de la que se reconoce venturoso heredero, le representa el objetivo inmutable y ya no descansa en su marcha, como si una luz ardiente lo consumiera y le torturara el corazón.

Sin notarlo, produce frutos de esperanza, de bondad, amor y salvación, dado que jamás retrocede para contar los beneficios de los cuales se hizo instrumento fiel. La visión del Padre es la preocupación que lo obsesiona, que le vibra en el alma de hijo nostálgico.

El Maestro mantuvo silencio por un momento y concluyó:

- Por esta razón, aunque el discípulo tenga los pies atascados en el lodo de la Tierra, el trabajo incansable en el bien, dondequiera que esté, es la marca indiscutible de su elevación.

            Conoceremos a los árboles por sus frutos e identificaremos el operario del Cielo por los trabajos que ejecuta.

            A esta altura, Pedro intervino, preguntándole:

            - Señor, ¿qué decir de aquellos que conocen a los sagrados principios de la caridad y no lo practican?

            Jesús esbozó expresión de placer en la mirada y le explicó:

            - Simón, estos representan semillas que duermen, pese a que hayan sido proyectadas en el seno dadivoso de la tierra. Guardarán con ellos los preciosos valores del Cielo, pero yacen inútiles por mucho tiempo.

            Pero estemos seguros de que los chaparrones y huracanes pasarán por ellas, les renovarán la posición en el suelo y ellas, un día, germinarán victoriosas. Hay millones de almas así en los campos de Nuestro Padre, aguardando las tempestades renovadoras de las experiencias, para que se dirijan hacia la gloria del futuro. Por nuestra parte, auxiliémoslas con amor y prosigamos mirando hacia delante.

            Enseguida, ante el silencio general, Jesús bendijo la pequeña asamblea familiar y se fue.

 

Extraido del libro: Jesús en el Hogar

Dictado por el Espíritu Neio Lúcio

Psicografiado por Francisco Cândido Xavier

 

 

 

 

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