El Perdón

 

El perdón incondicional en el mundo actual es raro.  Además de no perdonar con facilidad las ofensas de los parientes y amigos, encontramos grandes impedimentos para su práctica en lo que se refiere a los enemigos.

 

El orgullo es de tal orden que basta un familiar cometer un desliz cualquiera para que nos quedemos furiosos.

 

En vez de disculpar la fragilidad moral del infeliz, apoyándole para suavizar las puñaladas del remordimiento, lanzamos piedras. Piedras del desprecio, de la indiferencia, sin medir las consecuencias de tal actitud.

 

El escritor John Lageman nos cuenta un hecho contemporáneo. Ocurrió con un ex presidiario que sufrió en el alma la incomprensión y el abandono de sus familiares, durante todo el tiempo que estuvo recluso en una penitenciaria.

 

Sus parientes lo aislaran totalmente. Ninguno de ellos le escribió ni una línea siquiera. Nunca fueron visitarlo durante su permanencia en la cárcel.

 

Todo ocurrió a partir del momento que el ex presidiario, después de conseguir su libertad condicional por buen comportamiento,  embarcó en un tren de retorno al hogar.

 

Por una coincidencia que solo la Providencia Divina explica, un amigo del director del presidio se sentó a su lado.

 

Siendo una persona sensible, identificó la  inquietud y ansiedad en la fisonomía sufrida del compañero de viaje y gentilmente le dijo:

 

El amigo me parece muy angustiado. ¿Te gustaría platicar un poco? Tal vez puedas disminuir el desaliento.

 

El ex encarcelado dio un suspiro profundo y constreñido habló:

 

Es verdad, estoy muy tenso. Estoy volviendo a mi hogar. Escribí a mi familia y les pedí que colocasen una cinta blanca en el manzano que existe cerca de la estación, caso tuviesen perdonado mi actitud vergonzosa.

 

Si no me desean de vuelta, nada deberían hacer. Entonces permaneceré en el tren y seguiré para lugar incierto.

 

El nuevo amigo constató como sufría aquel hombre. Había sufrido una dupla penalidad: de la sociedad que lo segregó y de la familia que lo abandonó.

 

Se compadeció y se ofreció para vigiar por la ventana la aparición del árbol. El manzano que sellaría el destino de aquel hombre.

 

Después de diez minutos, colocó la mano en el brazo del ex encarcelado y le habló  susurrando:

¡Allá está!

 

Y más suave aún, dijo:

 

¡No existe una cinta blanca en el manzano!

 

Hizo una pausa que parecía una eternidad y habló nuevamente:

 

...El manzano está todo cubierto de cintas blancas.

 

En aquel exacto momento la terapia del perdón disipó toda la amargura que había envenenado por tanto tiempo una vida humana.

 

El pobre hombre rehabilitado dejó que las lágrimas corriesen por su rostro, como a lavar todas las señales de la angustia que hasta entonces lo atormentara.

 

* * *

 

El simbolismo de las cintas blancas del perdón incondicional debe quedarse grabado en nuestra mente. Debe recordarnos siempre de las palabras de Jesús:

 

El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra.

 

¿Quién de nosotros no necesita del perdón? ¿Quién ya no erró, se equivocó, fracasó?

 

Nuestra propia reencarnación es para cada uno de nosotros el perdón incondicional de Dios, ofreciéndonos una nueva oportunidad para el rescate de los débitos y la retomada del camino, del aprendizaje sin fin.

 

Redacción del Momento Espírita con base en el cuento publicado en  la revista Presença Espírita n. 155, ed. Leal, Salvador, Bahia.

En 20.10.2009.

 

 

 

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