Mensajes y Reflexiones

Del egoísmo al Amor

 

HABLÁBAMOS SOBRE EL VIEJO EGOÍSMO, que genera casi todos los males humanos y destacábamos la necesidad de combatirlo con el movimiento de las manos a servicio de los semejantes, cuando alguien objetó:

 

 - Según deduzco de tus palabras, la Caridad sería un tipo de antídoto. Me parece que si busco ayudar a alguien esperando que la neutralización de mis malas inclinaciones egoísticas me favorezca la paz y el equilibrio, mi actitud será tan poco virtuosa cuanto la de quienes lo hacen entusiasmados por las perspectivas de ingresar fácilmente al paraíso en la ultratumba. Si está evidente el interés personal, sólo estaríamos ante nueva manifestación del nocivo sentimiento.

 

 

El argumento no carece de lógica, inclusive porque muchas veces no hemos demostrado el deseo de dedicarnos a las tareas del Bien por la vocación de servir, sino por desear mantener un considerable crédito de bonus-hora (1) en los "Bancos" del mundo invisible, para garantizar beneficios espirituales.

 

Hay médiums que se esfuerzan por consolar a los enfermos o socorrer a los necesitados en los días de las sesiones porque sienten que tales actividades le favorecen la sintonía con sus mentores, o que les proporciona desarrollo seguro de las tareas de intercambio. Para la mayoría, esas tareas representan, en conjunto, el recurso indispensable a la preservación del equilibrio psíquico.

 

Sin embargo, es necesario reconocer que el amor hacia los semejantes (expresión de la verdadera caridad) es una característica de los que ayudan con alegría de ser útiles, sin que esperen otra recompensa que no sea la del consuelo de los demás, no es una conquista gratuita ni accidente biológico. Es larga la marcha, que comienza con el interés por recibir, hasta que alcanza el ideal de servir. La metamorfosis de comerciante a discípulo de Jesús pide la colaboración del Tiempo y la perseverancia en el Bien.

 

Y si aún estamos todos lejos del amor espontáneo, hay algunos que superaron el impulso egoístico de dar para recibir. Conscientes de sus deberes, sacrifican confort y placeres en beneficio del prójimo porque sienten que, antes que nada, el prójimo es su hermano.

Éstos pasan por experiencias sublimes desconocidas por el hombre común, como la que nos contó una vez un viejo compañero de doctrina.

 

Nos contó que atendía las tareas existenciales de nuestro grupo visitando a una familia cuya situación era de las más precarias: el marido, tuberculoso, había sido internado en un hospital lejano; la esposa, con un embarazo avanzado y muy débil, cuidaba de cinco hijos, el mayor tenía siete años. Vivían en una casa con un sólo ambiente en un barrio lejano.

Éramos tres los que los visitábamos y nos sorprendió ser recibido por el jefe de la casa.

 

-¿Por qué has dejado al hospital, muchacho? - le preguntamos con tono severo – Así como estás nada podrás hacer por tu familia, además de agravar tu mal, puedes contaminar a los niños.

 

-Les pido perdón – murmuró el pobre hombre con humildad. - Precisaba volver. La nostalgia y la preocupación me devoraban el alma. La ansiedad era mi compañera constante que me robaba el sueño y la paz. Si iba a comer, recordaba que mis hijos tenían hambre. Sentía un nudo en la garganta y no lograba tragar. Ya no podía seguir allí o me volvería loco.

 

Ante el infeliz que sollozaba, evaluamos la extensión de la desgracia enfrentada por aquella familia y no pudimos evitar las lágrimas que nos venían a los ojos. Luego, algo se agitó en nuestro íntimo, algo superior al simple interés en ser útil o de la simple noción del deber, lo que nos impulsó a decirle con vehemencia:

 

- ¡Coraje, amigo! No estás solo, somos tus hermanos. Sécate las lágrimas y vuelve al hospital. No temas, vamos a amparar a tu familia, tus hijos serán nuestros. Quédate tranquilo que nadie padecerá hambre.

 

Cuando regresamos a la ciudad, aunque llevábamos los corazones afligidos, sentíamos las alas angelicales que revoloteaban suavemente, como si mensajeros celestiales estuvieran al lado nuestro, trayéndonos consuelo. Sabíamos el porqué de tan sublime gracia – es que por algunos instantes brilló en nuestros corazones la divina llama del Amor.

 

Había sido un simple relámpago, un fulgor pasajero, pero por instantes dejamos de ser míseros pecadores y fuimos Hijos de Dios.

 

 

SIMONETI, Richard. Para viver a grande mensagem. 9ª ed.: FEB. Rio de Janeiro, 1970. Pág. 90-92.