Mensajes y Reflexiones

Aprendiendo a perdonar

 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. (Mateo, 6:14-16 – El Evangelio según el Espiritismo, Capítulo X, ítem 2)

 

 

Nuestro concepto de perdón puede facilitar o limitar nuestra capacidad de perdonar. Por nuestras creencias negativas, suponemos que perdonar es ser “apático” ante los errores de los demás o aceptar pasivamente lo que hagan, pues pensamos que perdonamos cuando aceptamos agresiones, abusos, manipulaciones y falta de respeto a nuestros derechos y límites personales, como si nada pasara.

 

Perdonar no es apoyar comportamientos que nos causen dolores físicos o morales, no es fingir que todo está bien cuando sabemos que nuestro entorno está en total ruina. Perdonar no es “asentir” a las conductas inadecuadas de parientes y amigos, sino tenerles compasión, es decir, mayor entendimiento a través del amor incondicional. Por tanto, es un “modo de vivir”.

 

Muchas veces, el ser humano confunde la “actitud de perdonar” con la negación de los propios sentimientos, emociones, anhelos. Reprime las penas y usa supuestamente el “perdón” como excusa para escapar a la realidad que podría alterar toda una vida de relacionamiento, si fuera asumida.

 

Una de las herramientas básicas para alcanzar el perdón real es mantenernos a cierta “distancia psíquica” de la persona-problema, o de las discusiones y diálogos mentales que son constantes en nuestro psiquismo porque estamos involucrados en esa confusión neurótica.

 

Cuando nos desapegamos mentalmente, pasamos a usar los poderes de nuestro pensamiento de modo constructivo, evitamos las frases “debí haberle dicho”, “debí haber actuado…”, y eliminamos de nuestra producción imaginativa los hechos infelices y destructivos que nos pasaron.

 

En muchas oportunidades, elaboramos interpretaciones exageradas de susceptibilidades y damos paso a impulsos raros y desequilibrados que nos causan sobrecargas en nuestra energía mental y agotan nuestro cerebro. El agotamiento íntimo es profundo.

 

La mente llena de ideas inconexas dificulta el perdón y sólo si nos desvinculamos de la agresión y de la falta de respeto podemos sintonizar nuestro pensamiento con la claridad y la nitidez, en un proceso llamado “renovación de la atmósfera mental”.

 

Es imprescindible que “nos separemos” emocionalmente de los acontecimientos y de criaturas desequilibradas mediante la oración para rescatar la armonía de nuestro “halo mental”. Es un método eficaz que nos restaura los sentimientos de paz y serenidad, y nos facilita la armonización interior.

 

La calidad del pensamiento determina la “ideación” constructiva o negativa, pues somos arquitectos de verdaderos “cuadros mentales” que circulan sistemáticamente en nuestra propia órbita áurica”. Por el poder extraordinario que tenemos de “generar imágenes”, podemos atarnos a nuestras propias creaciones y quedarnos presos en “monoideas”. Ansiamos tanto olvidarlo, pero somos forzados a recordarlo repetidas veces, a causa del fenómeno “producción-consecuencia”.

 

Desprenderse o desconectarse no es un proceso que nos vuelve insensibles o fríos como criaturas totalmente inaccesibles a las ofensas y críticas, o que viven siempre en una atmósfera en la que “nadie nos pueda atingir o lastimar”. Desprenderse significa dejar de alimentarnos con las emociones de los demás, desvincularnos mentalmente de relaciones enfermizas, de hipnosis magnéticas, de alucinaciones íntimas, de represalias, de cualquier tipo de desquite, de problemas que no podemos solucionar ahora.

 

Cuando nos soltemos vibracionalmente de tales contextos complejos, cuando nos desatemos de esos fluidos que nos sujetan a esas crisis y conflictos existenciales, tendremos la oportunidad de vislumbrar nuevas formas para solucionar dificultades, con una visión más generalizada, y de encontrar cada vez más instrumentos adecuados al desarrollo de la noble tarea de comprendernos y de comprender a los demás.

 

Cuando creemos que cada ser human es capaz de solucionar sus dramas y es responsable por los hechos de su vida, aceptamos “distanciarnos” con más facilidad, permitimos que se comporte según su voluntad y nos damos la misma libertad.

 

Vivir guardando cierta “distancia psicológica” de las personas y cosas problemáticas, ya sea entre seres queridos difíciles, ya sea entre compañeros complicados, no significa que ya no nos importan, o que no los amamos o perdonamos, sino que viviremos sin volvernos locos por buscar comprenderlos, sufrir, soportarlos y admitir.

 

Además, la emancipación nos estimula al perdón con más facilidad, en razón del grado de liberación mental que nos impulsa a vivir sintonizados con nuestra propia vida y con la afirmación plena y positiva que “todo se acomodará si mi mente está serena”.

 

Comprendemos que, cuando promovamos la “desvinculación psicológica”, seremos más disponibles y capaces de percibir el proceso que oculta los comportamientos agresivos, lo que evitará que reaccionemos como lo hacíamos antes, y hará que miremos “cómo construimos” nuestro modo de relacionarnos con los demás.

 

Tal comprensión nos conducirá a comenzar a entender la “dinámica del perdón”.

 

Una de las técnicas más eficientes para perdonar es retomar el contacto vital con nosotros mismos, desligándonos de cualquier “intromisión mental” y luego buscar una empatía real con las personas. De víctimas de fuerzas externas a nuestro control, nos transformamos en personas que crean su propia realidad de vida, no fundamentadas en las críticas y ofensas del mundo, sino en su percepción de la verdad y en la voluntad propia.

 

 

Del libro: Renovando Atitudes

Por el Espíritu Hammed

Psicografía de Francico do Espírito Santo Neto

Editorial Boa Nova, 14ª edición, São Paulo, 1997, páginas 35 a 38.