Artículos

Tsunamis Ocultos

 

Richard Simonetti

richardsimonetti@uol.com.br 

 

 

 

En las grandes calamidades, la caridad se manifiesta y se expresa en generosos impulsos para reparar los desastres; pero, al lado de esas calamidades generales, hay millares de desastres particulares que pasan desapercibidos, de personas que yacen sobre un camastro sin quejarse. Estos son los infortunios discretos y ocultos que la verdadera generosidad sabe descubrir sin esperar a que vengan a pedir asistencia.

Allan Kardec, en “El Evangelio según el Espiritismo”, capítulo XIII, punto 4.

 

 

Con la lucidez que lo caracterizaba, Kardec aborda, en pocas palabras, una situación que se repite indefinidamente en este Mundo de Expiaciones y Pruebas.

Tragedias envolviendo fenómenos naturales como tsunamis, tempestades, deslaves, terremotos, volcanes, que asolan determinadas regiones, chocan a la opinión pública, conmueven a la población, despiertan impulsos de generosidad. Se organizan movimientos solicitando donaciones a favor de las víctimas.

Muchas veces, es preciso interrumpir la recolecta, ante una recaudación que sobrepasa las necesidades de las víctimas y la posibilidad de hacer llegar hasta ellos los bienes recaudados.

Paradójicamente, hay en todas las ciudades tsunamis ocultos en las favelas, en casuchas miserables hechas de cajones, sin agua corriente, sin cloacas, sin luz, a distancia de la más elemental urbanización.

Allí padecen multitudes de víctimas que carecen de alimentos, ropas, remedios…

Todos tenemos alguna noción de esas tragedias urbanas. El problema es que conseguimos convivir con ellas sin mayores remordimientos.

No percibimos, no reconocemos, no asumimos que es preciso hacer algo a favor de esos hermanos nuestros.

¡No eventualmente, sino permanentemente!

¡No de vez en cuando, sino siempre!

¡No en algunos días, sino diariamente!

Hacerlo hasta que no haya niños que alimentar, enfermos que asistir, desnudos que vestir, necesitados que socorrer.

Hacerlo hasta que la legítima solidaridad instale en la Tierra una sociedad cristiana, donde el cada uno para sí mismo y el resto que se las vea por su cuenta, sea substituido por uno para todos y todos para uno.

 

***

 

Se comenta en el medio espírita sobre la promoción de nuestro planeta al Mundo de Regeneración, donde el altruismo prevalezca sobre el egoísmo.

¡Será óptimo!

El problema es que las personas esperan que eso acontezca por Decreto Divino, que expulsaría la miseria de la Tierra y viviríamos en ella en fraternidad, sin comprender que es preciso que aprendamos a vivir como hermanos para que la miseria sea expulsada de la Tierra.

Es fundamental que abramos espacio en nuestra agenda, registrando el compromiso diario de preocuparnos por el prójimo, en especial por los marginados por la pobreza, participando activamente en obras sociales, filantrópicas y religiosas que trabajan bajo la bandera de la caridad.

 

***

 

Hace poco, en un seminario, me cuestionaron que si ese empeño de atender a los carentes y erradicar la miseria no sería responsabilidad del gobierno.

Sin duda, en parte.

Ocurre que el gobierno no tiene suficientes recursos, suficiente gente, suficiente voluntad política…

Y el hambre no puede esperar por decretos, así como el accidentado no puede esperar por la ambulancia que tarda.

Es imperioso actuar desde ya, considerando, conforme con la enseñanza de Jesús, que es preciso hacer por el prójimo lo mismo que desearíamos recibir de él.

Es ocioso enunciar lo que nos gustaría recibir si estuviésemos hambrientos, indigentes, viviendo en la calle, enfermos…

Nunca está de más recordar, con Jesús, que a cada uno le será dado de conformidad con sus obras.

¿Y no será nuestra tristeza, o nuestra depresión, o nuestra angustia, o nuestro desajuste, lo que hoy merecemos porque desde siempre estuvimos lejos de las luchas de la legítima solidaridad, aquella que no se cansa ni descansa, siempre atenta a las necesidades del prójimo?

 

***

 

Consideremos no sólo las carencias materiales, sino también las espirituales.

En todos los sectores de nuestra actividad, sea en el hogar, en la calle, en el local de trabajo, en la vida social, en el núcleo religioso, hay personas que precisan de una buena palabra, de un gesto de amistad, de una demostración de solidaridad.

Jesús hablaba de los que tienen ojos para ver y oídos para oír.

Esas expresiones, aparentemente redundantes, enfatizan que no todos ven y no todos oyen lo que va más allá de los sentidos.

Sería el ver y oír el alma humana en sus sufrimientos y necesidades.

A ese propósito hay una poesía ilustrativa de Raimundo Correia:

 

Mal Secreto

 

Si la cólera que espumajea, el dolor que mora

en el alma y destruye cada ilusión que nace

si todo lo que punge, todo lo que devora

el corazón, en él se estampase;

 

Si se pudiese ver en el espíritu que llora

a través de la máscara del semblante,

cuánta gente que, tal vez, envidia ahora

nos causa, ¡entonces, piedad no nos causase!

Cuánta gente que, tal vez, consigo

guarda un atroz, recóndito enemigo

¡como invisible llaga cancerosa!

 

Cuánta gente que ríe, tal vez existe.

cuya única ventura consiste

en parecer a los otros venturosa.

 

¡Perfecto!

Es preciso prestar atención.

Aprender a ver el dolor del prójimo y hacer algo por aminorarlo.

¡Es así que ejercitamos el Evangelio!

¡Es así que nos habilitamos en la sintonía con las fuentes de la Vida!

 

***

 

 

Podemos evocar, amigo lector, algunos ejemplos sobresalientes.

 

Ante la muerte

 

El marido había fallecido en un accidente.

La viuda había dado testimonio de su fe en el velorio, mostrándose resignada y contenida, aunque, íntimamente, sintiese que su mundo se desmoronaba.

Una amiga la abrazó.

–No hay nada que pueda atenuar su dolor. Sé quien fue su marido y lo que él representaba para usted, una gran luz en su camino.

Todo lo que le puedo ofrecer, querida hermana, es mi solidaridad.

Vine a llorar con usted.

Y lloró con la amiga y estuvo con ella todos los días, y oraron juntas hasta que los valores de la solidaridad y de la fe estancaron la fuente de las lágrimas, para que ella retomase su vida, en suspenso desde la muerte de su amado.

 

***

 

Problemas en el hogar

 

Un hombre comentaba con el amigo que su esposa parecía muy nerviosa.

Él estuvo de acuerdo.

–Es verdad. Mi querida mitad anda irritada, soltando los perros…

– ¿Algún problema?

– No es nada. Está en TPM.

– ¿Tensión pre menstrual?

– No, test de paciencia para el marido.

– ¿Está siendo aprobado?

– Sin problema. Es sólo pasar zíper en la boca; decir sí, querida, y orar.

Un problema que afecta a muchas mujeres, encarado de forma filosófica y con buen humor por el marido, lo que le permitía mantener la serenidad, aunque ella se la hubiese hecho perder, ayudándola a reencontrarla.

 

***

En el tránsito

 

Doña María Aparecida, o Cidinha para los amigos y familiares, llevaba en el automóvil un pastel para una fiesta de confraternidad en el Centro Espírita que frecuentaba. Dirigía despacio, con cuidado, evitando sacudidas y paradas bruscas.

En determinado momento, en un trecho que no permitía adelantar a otro vehículo, un conductor apresurado tocaba la bocina con insistencia.

Por el espejo retrovisor, doña Cidinha observó su gesticulación impaciente, exigiendo espacio para adelantar su vehículo.

Cuando finalmente fue posible, el conductor la emparejó, abrió el vidrio de su carro y gritó:

– ¡Ay, doña María! ¿Por qué no va a lavar la ropa en vez de obstruir el tránsito?

Doña Cidinha, que estaba de buen talante, con ojos de ver el alma ajena, consideró con misericordia:

– ¡Qué conductor tan educado! Hasta me llamó por mi nombre…

Y trató de ejercitar la solidaridad, suplicando por él, pidiendo a los buenos Espíritus que lo calmasen, a fin de que no se envolviese en confusiones en el tránsito.

Al día siguiente, doña Cidinha iba a la casa de su hija. Acompañaría a los nietos, liberándola para que fuese a una consulta médica. Dirigía apresurada, porque se había atrasado…

En determinado momento, fue retardada por un conductor que seguía con lentitud a su frente.

Impaciente, se dispuso a usar la impertinente bocina, cuando recordó lo ocurrido en el día anterior, calmándose al considerar:

– ¿Y si ese conductor estuviese llevando un pastel?

 

***

 

En la escuela

 

Sucedió. En plena sala de clases, el niño de nueve años vio formarse un pequeño pozo debajo de su morral, mientras su pantalón quedaba mojado con una micción sin control.

Un hecho irreparable.

Los niños se irían a reír de él por el resto de la vida.

Nunca más las niñas hablarían con él.

Su corazón parecía querer salírsele por la boca, tal era su nerviosismo.

La profesora venía en su dirección. Ciertamente había visto lo que aconteció.

Deseó con todas las fuerzas de su alma que el suelo se le abriese debajo de sus pies y él desapareciese.

En el auge de la desesperación, vio a una niña, Susie, que surgió inesperadamente, cargando un acuario lleno de agua que permanecía en un rincón de la sala.

Descuidada, tropezó con la profesora y el agua mojó el cuerpo del niño.

Él fingió estar enojado, pero realmente estaba aliviado, pues, en vez de ser objeto de ridículo, los colegas se compadecían de él, sin percibir lo que había sucedido.

La profesora le consiguió una camisa y un short, mientras su ropa secaba.

Al final del día, mientras esperaban el autobús escolar, el niño caminó hasta Susie y le susurró:

– Hiciste aquello a propósito, ¿no es así?

Ella le respondió sonriendo:

– ¡Sí, yo también mojé mi ropa una vez!

 

***

 

En cualquier lugar, en cualquier situación, en cualquier horario, siempre hay algo que podemos hacer en beneficio del prójimo.

Manteniendo desde hace años contacto con personas que buscan el Centro Espírita, en Bauru, en busca de curación para sus males, solución para sus problemas, aliento para sus vidas…

Generalmente, participan en cursos de Espiritismo y Mediumnidad.

Invariablemente, noto que las que salieron mejor, superando sus angustias y habilitándose a la felicidad, fueron las que aprendieron la lección fundamental: felicidad es sinónimo de servir.

Es la disposición de mantener ojos y oídos atentos ante las carencias ajenas, identificando con la lucidez de la solidaridad los tsunamis ocultos que asolan el alma humana, sin jamás dejar pasar la oportunidad de hacer algo en su beneficio.

 

Fuente: Anuario Espírita 2010.Disponibe en: Mies de Amor

 

 

 

Más Artículos