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Responsabilidad en el matrimonio

 

Muchos discípulos del Evangelio preguntan: ¿si se consideran los graves problemas conyugales, no es más lícito divorciarse que mantener un matrimonio que puede culminar en tragedia? ¿Ya que la divergencia se instaló, no sería más conveniente una separación que proseguir con una vida imposible? ¿Ambos cónyuges no tienen el derecho a un intento diverso de felicidad al lado de otra persona, ya que no se entienden?

 

Y muchas otras preguntas surgen en busca de respuestas honestas al problema que se agrava más y se intensifica día a día.

 

Inicialmente se debe examinar que el matrimonio, en líneas generales, es una experiencia de reequilibrio de las almas en el presupuesto familiar. Oportunidad de edificación bajo la bendición de la prole -, y cuando factores naturales coercitivos la impiden, es justo abrir los brazos de amor espiritual hacia los niños que gravitan al abandono – para madurar emociones, corregir sensaciones y aprender la fraternidad.

 

No pocas veces los prometidos, mal preparados para el consorcio matrimonial, esperan todo de él movidos al paraíso de la fantasía, olvidados de que ése es un compromiso serio y todo compromiso exige responsabilidades recíprocas en beneficio de los resultados que se desea alcanzar.

 

La luna de miel es una imagen rica de la ilusión, dado que en el primer período del matrimonio nacen traumas y desajustes, inquietudes y recelos, frustraciones y rebeldías que, casi desapercibidos en un principio, saltan más tarde en guerrillas sordas o batallas lamentables en el hogar, donde odio y celos estallan descontrolados, imponiendo soluciones que sin lugar a duda son menos dañinas que trágicas.

 

Sin embargo, hay que meditar respecto de los compromisos de cualquier naturaleza cuya interrupción solamente posterga la fecha del justo pago. Cuando se trata de casamiento, no pocas veces el aplazamiento promueve el surgimiento futuro del pago en circunstancias más dolorosas en que la solución sólo es alcanzada con pesadas renuncias y fuertes lágrimas.

 

Al éxito matrimonial es indispensable que se ejerzan simples directrices de comportamiento amoroso.

 

Hay algunos indicios que pueden informar la situación de las dificultades antes de que se agrave la unión conyugal:

 

      

  • Silencios injustificables cuando la pareja está junta;
  • Aburrimiento inexplicable ante la presencia del compañero o de la compañera;
  • Ira disimulada cuando el consorte o la consorte emiten una opinión;
  • Saturación de los temas habituales tocados en la casa y la fuga hacia las interminables lecturas de periódicos o inacabables telenovelas;
  • Irritabilidad contumaz cada vez que se acerca al hogar;
  • Desinterés por los problemas del otro;
  • Falta de intercambio de opiniones;
  • Desavenencias seguidas y que prenden chispas de ira, capaces de provocar incendios en forma de agresiones de variadas…
  • Y muchos otros más.

 

Antes de que las dificultades produzcan distancias y que los espinos de la incomprensión promuevan heridas, es justo que las actitudes de lealtad sean asumidas, que se haga un análisis de los hechos y que se tomen las medidas para sanar los males en pauta.

 

De ese modo, la honestidad labrada en la sensatez, que manda que se abran mutuamente el corazón, consigue corregir las deficiencias y reorganizar el panorama afectivo.

 

Es natural que ocurran desaciertos, pero en vez de la separación, el reajuste.

 

El tema no es el de una nueva búsqueda, sino de redescubrir lo que ya se posee.

 

Antes de la decisión precipitada, que cada uno ceda en que le concierne, en beneficio de ambos. Si el compañero se aleja lentamente de la familia, que la esposa rehaga el hogar, intente nueva fórmula de reconquista y tranquilidad.

 

Se la compañera se distancia por la irritación o por los celos, que el esposo, afectuosamente, le otorgue la confianza y la renovación de ideas.

 

El cansancio, el cotidiano, la apatía son elementos que cohíben la felicidad.

 

En ese sentido, cultivar ideas que ennoblezcan logra estrechar los lazos de afecto y los objetivos superiores unen los corazones, los penetran de tal forma que ambos se hacen uno en el servicio del bien. En ese particular, el Espiritismo – la Doctrina del Amor y de la Caridad por excelencia – consigue renovar el entusiasmo de las criaturas, ya que saca el individuo de sí mismo, lo ayuda en la lucha contra el egoísmo y lo invita a la responsabilidad ante las leyes de la vida, impulsándolo a la labor incesante en pro del prójimo. Y ese prójimo más cercano de él es el esposo o la esposa, junto a quien asumió el deber espontáneo de amar, respetar y servir.

 

Considerado de ese modo, el Espiritismo, mediante su programa de ideal cristiano, es senda redentora a los desajustados y puente de unión a los cónyuges en arduas luchas, pero que no encontraron la paz.

 

 

 

Divaldo P. Franco, por el Espíritu Joanna de Angelis. SOS Família. Capítulo 4. 14ª Edición: Alvorada, 2004.

 

 

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