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Recuerdos de otras vidas

La reencarnación es uno de los principios fundamentales del Cristianismo.

 

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¡Bonita doctrina! Dirán unos; bellas enseñanzas, dirán otros; pero todo eso no pasa de ser palabras, palabras que están bien, pero solamente son palabras; y preguntan: “Si así fuese seguramente nos recordaríamos de nuestra existencia o de nuestras existencias pasadas.”

 

Responderemos también con una interrogación: ¿quién puede penetrar en las profundidades del subconsciente?

 

La facultad de la memoria ha sido asunto de estudio de los filósofos y de todos los tiempos y, actualmente, aunque se haya hecho mucha luz sobre esos pliegues oscuros de la conciencia, la facultad de la memoria tiene sus caprichos que sólo después de que hayamos evolucionado podremos descubrir.

 

Por ejemplo: en esta misma existencia nos hemos alimentado del seno materno y no nos recordamos de este acto practicado por nosotros mismos.

 

Incluso después de adultos, aprendemos de memoria un discurso, una poesía, que recitamos en una reunión, y en el transcurso de los años nos olvidamos de las palabras, de las frases y hasta del tema sobre el que versó aquella disertación. ¡Hay hechos que ocurren en nuestra vida de los que no tenemos ni el más leve recuerdo!

 

¿Cómo recordar hechos que pasaron en otras vidas, que tuvimos en otros cuerpos, los cuales, seguramente, eran diferentes en perfección de los que tenemos hoy?

 

El olvido del pasado es necesario para nuestro bienestar presente y para nuestro progreso; nos permite una acción más libre y nos ayuda a pasar más suavemente por las pruebas a las que nos sometemos.

 

Si todos conservasen el recuerdo de existencias pasadas, con la nitidez que se desea, ese recuerdo, como es natural, se asociaría al recuerdo de todas las personas con quien vivimos y conoceríamos no sólo nuestra vida anterior, sino la de los que nos rodean, principalmente si los seres con quien convivimos hubiesen convivido con nosotros en la precedente vida.

 

Y ¿qué resultaría de eso?

 

No es difícil prever la serie de perturbaciones y contrariedades a las que quedaríamos sometidos.

 

La vida de todos sería indagada por unos y otros. Herodes o Caifás, por ejemplo, si estuviesen en nuestro medio, tendrían que soportar el desprecio de todos, y quién sabe si no les sería negado el pan y el agua.

 

Supongamos que se diese el caso de que el lector fuese la reencarnación de Herodes, y se recordase de su existencia en el tiempo de Jesús. ¿No sería una vida de llantos, de humillación, de desesperación que tendría el amigo que pasar, sin necesidad alguna, perjudicando hasta sus quehaceres actuales y su progreso?

 

El perdón que Dios nos concede, es el olvido de las faltas; si no existiese ese olvido, viviríamos bajo el dolor punitivo de los crímenes practicados, pues es cierto que los practicamos, dada la inferioridad en que todos nos hallamos. ¿No es el remordimiento el que nos hiere de dolor?

 

He aquí por qué Dios, en sus grandes designios, no permite que nos recordemos de nuestras existencias pasadas.

 

Entretanto, existen algunos que se acuerdan, no sólo de su pasada existencia, sino de diversas vidas que tuvieron en la Tierra. Hay otros a los que les es revelada la existencia anterior.

 

Y no son pocos los que se acuerdan de su vida del pasado. Teófilo Gautier, Alexandre Dumas, afirmaron haberse recordado de sus existencias pasadas. Lamartine llegó a describir lugares, ríos, valles y su propia casa en Judea, donde vivió en una vida anterior, sin que en esos lugares hubiese estado en su última existencia.

 

Juliano, el Apóstata, afirmaba haber sido Alexandre de Macedonia; Pitágoras decía acordarse de varias existencias, citando aquellas en que fue Herneotinio, Euforbio y por fin uno de los argonautas.

 

No es necesario citar más nombres.

 

Cada uno de nosotros revela lo que fue; por eso unos nacen con disposición para el bien, otros para el mal. El “pecado original” consiste en los errores y faltas de nuestra pasada encarnación, errores que necesitamos corregir para obtener la felicidad que deseamos. Y Dios nos concede siempre medios y tiempo para ese trabajo de perfeccionamiento. El Señor no apaga, a quien quiera que sea, la lámpara de la esperanza; nuestros trabajos, nuestros dolores y nuestras fatigas nunca son olvidados por el buen Dios.

 

No cabe en esta obra otras consideraciones aun más persuasivas sobre el estudio de la reencarnación cara a la Ciencia, por ejemplo, el del Espiritismo Experimental. El lector estudioso debe, a ese respecto, consultar los libros de Gabriel Dellane: “Evolución Anímica, El Espiritismo Ante la Ciencia y La Reencarnación; y de León Denis: En lo Invisible y El Problema del Ser, del Destino y del Dolor; y de Rochas: Las Vidas Sucesivas y la Exteriorización de la Motilidad.”

 

 

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Fuente del fragmento:

SCHUTEL, Cairbar. Reencarnación o pluralidad de las existencias corpóreas. Parábolas y enseñanzas de Jesús. 12. ed. Matán: El Clarín, 1987, p. 197-201.