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¿Qué hacemos con la basura?

Por Cristina Di Meglio

Crixx5@yahoo.com.ar 

 

 

Recuerdo que cuando era chiquita, unos 8 ó 9 años iba sentada en el asiento trasero del auto de mis padres, junto a mis hermanos, a una casa que tenían los abuelos en la provincia de esta Ciudad.

 

Para nosotros, que vivíamos en un departamento en Capital, era todo un evento el viaje de ir hacia las afueras de la ciudad, donde veríamos pasto verde, flores en cantidad, árboles con frutas y animalitos, ¡toda una fiesta!

 

Pero entre ese paisaje que veía por mi ventanilla del auto y hasta llegar a destino habían imágenes de toda clase, algunas particularmente me dejaban triste, asombrada y además con interrogantes que nadie sabia responder.

 

Por qué en zonas que eran humildes o muy pobres había tanta basura, por qué nadie juntaba todos los desperdicios en un solo lugar y los quemaba, y lo que era peor por qué los niños jugaban entre esos restos, exponiéndose a enfermedades infecciosas.

 

En mi mente a esa corta edad ya me daba cuenta de que era muy peligroso vivir así entre tanta basura y los adultos que allí vivían no se daban cuenta, o no les importaba.

 

Ser pobre no es igual a ser sucio y se les podría enseñar a estas personas a vivir mejor con los recursos que tengan para que no se contaminen y se enfermen por el contacto con los residuos.

 

Así paso mi infancia, entre viaje y viaje de capital a provincia, recorriendo todo tipo de paisajes, y particularmente este que al parecer crecía muy rápido en cantidad de gente, casitas de chapa, nylon y cartón, residuos de cualquier índole y que tantas preguntas seguían generando en mi.

 

Hoy casi 40 años después, y con tanta tecnología y comunicación, con tantos avances, tristemente sigo viendo, y ya no desde mi ventanita del auto de papá, y ya no solo en provincia, en las zonas mas humildes, sino en la capital de esta ciudad, donde las casas humildes se mezclan con los altos edificios y torres, la boutique paqueta con la carnicería y verdulería del barrio. Veo como la montaña de basura crece en las calles. Veo que incluso la arrojan desde los camiones repartidores de mercadería o desde balcones, sin siquiera mirar donde va a caer o a quien golpear. Veo como los perros casi que pelean con las personas que recorren los mismos lugares con sus carros para ver quién rompe y revuelve primero la bolsa en busca de lo que cada uno necesita, dejando, luego de llevar su botín, un tendal de desperdicios como alfombra.

 

Y ya no es cuestión de culpar a los encargados de la limpieza de las calles, porque cumplen y me consta, porque también los veo, que no una sino varias veces en el día, recorren las calles barriendo y juntando las bolsas de residuos y todo lo que está esparcido.

 

Lo que sucede es que al segundo todo el paisaje desagradable se dibuja otra vez, definitivamente nos falta aprender respeto, respeto a uno mismo, respeto al planeta, respeto al vecino, respeto al que limpia.

 

Hace muy poco, recorriendo una autopista hacia una casa quinta para pasar el fin de semana junto a mi esposo vimos que desde el auto de adelante salió volando algo por la ventanilla, cuando pasamos cerca de lo que aterrizó en el asfalto distinguimos que era un pañal de bebé. Asombrados una vez más por lo que acabábamos de presenciar nos preguntamos cuándo vamos a tomar conciencia y cuidar nuestra tierra, nuestra casa, cuándo nos vamos educar de una buena vez.

 

Pero tenemos que reconocer que en el fondo también respiramos casi con alivio pensando: “Bueno… Después de todo, ¡menos mal que era solo el pañal!”

 

Que Dios nos bendiga a todos y nos dé la suficiente claridad mental y voluntad para cambiar todo lo que nos falta cambiar y así dar un pasito más en este camino evolutivo. Que así sea.

 

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