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Padres que sofocan a los hijos

Mariana tiene veinticinco anos de edad, es profesora de la escuela primaria, vive con su madre que tiene 53 anos. Nunca fue reconocida por su padre por este dudar acerca de la legítima paternidad. Su madre era empleada doméstica y su padre hijo de un rico industrial. Se conocieron en una fiesta de Carnaval, y sin cualquier tipo de precaución, mantuvieron relaciones sexuales, surgiendo así el embarazo. Ella no quiso abortar y buscó al padre del chico, a pesar de las pocas informaciones que ella tenia de él. Éste le negó su ayuda y cuestionó su moral. A pesar de ello, llevó el embarazo adelante con mucho esfuerzo y sacrificio.

La niña creció y estudió gracias al sacrificio de la madre, que pasó a trabajar el doble de horas para educarla. Actualmente viven en una casa humilde alquilada en los suburbios de la ciudad. Su madre lava y plancha la ropa con la finalidad de mantener a la hija.

Mariana creció bajo la influencia materna, recibiendo de ella una educación rígida y con principios morales que la volvieron extremadamente conciente de la responsabilidad personal de su destino. Gracias a ello trabajó desde chica haciendo dulces para la escuela donde estudiaba, luego rindió exámenes para entrar en una facultad pública en la carrera de pedagogía, recibiéndose con éxito para la alegría de su madre.

Su padre nunca asumió ni ayudó materialmente en su educación. Algunas veces por insistencia de la madre iba a verlo, pero él nunca tomaba la iniciativa de buscarla. Durante sus veinticinco anos ella lo vio solamente tres o cuatro veces. Ella quería estar con su padre pero él no lo aceptaba.

A los diecisiete años comenzó a noviar, pero su madre se lo prohibió, y por ese motivo tuvo que hacerlo a escondidas. El noviazgo no duro mucho porque ella no consiguió transgredir las órdenes maternas.

Ansiaba una compañía masculina, pero se detenía ante las recomendaciones maternas sobre el comportamiento de los hombres. Cada joven que ella quería estar de novia era rechazado por su madre impidiendo así el libre derecho de ejercer el cariño y la afectividad al sexo opuesto.

Se sentía sofocada por la madre, y cuando no soportaba la presión, peleaba con ella exigiendo su libertad, pues era adulta y tenía el derecho de ser feliz.

Ya con veinticinco años no estaba de novia con nadie por saber como desagradaba a su madre. No podía decirle a ella que su experiencia con un hombre no debería ser generalizada para todos y que ella tenía derecho de vivir su vida, aunque enfrentase el mismo problema de su madre.

El apego excesivo a las reglas demostraba la existencia de un inconciente que quería liberarse de ellas pero no lo lograba. La posibilidad de vivir libremente perturba al individuo que, por miedo a perderse, impone rigidez a su vida y, consecuentemente, a la de los demás.

Su psique sintoniza con el arquetipo de ‘dominador’ que se aprovecha de las acciones del ego, influenciándolo como garantía contra el intento de irrupción en la conciencia de los complejos inconcientes.

Aunque el Espíritu sea el señor del proceso ascensional, en los primeros pasos de la evolución, estará sujeto a las influencias de los complejos inconcientes generados en cada encarnación, los cuales estarán moviendo las acciones del ego.

Transferir a los hijos toda la afectividad, traducida en cuidados excesivos puede acarrear una sobrecarga REFERENCIAL EN ÉL. Estará sometido a las obligaciones en corresponder a aquellos cuidados y cuando necesite liberarse de ellos, lo hace con culpa.

Aunque se quiera afirmar que es el amor lo que les permite a los padres dedicarse en exceso a los hijos, queda siempre en duda sobre las cuestiones de la dependencia en relación de los unos con los otros.

Esa dependencia psicológica promoverá patrones de comportamiento cuando los hijos eduquen a sus familias.

Es común la confusión entre el amor y el poder. Muchas veces determinadas actitudes son usadas como justificación del amor, cuando en realidad pueden ser promovidas por deseo de poder y el control subyacentes. Es preciso mucho coraje y humildad consigo mismo para cuestionarse sobre tales aspectos, ya que pueden revelar caras muy desagradables de sí mismo.

Además, se puede atribuir al exceso de celo el argumento de que ellos son rebeldes o que necesitan límites y por eso, los cuidados. Argumento válido pero que se disipan cuando los excesos son cometidos. En la educación, como en todo en la vida, ni represión ni liberalización excesiva, apenas acompañamiento responsable.

 

 

Son así llamados los hijos aquellos espíritus que desde la infancia nacen bajo la responsabilidad emocional de alguien. Ni siempre sus padres son aquellos que los engendraron, sino principalmente aquellos que les dieron amor, cariño y atención.

Para ellos, se transmiten valores que, cuando asimilados, tienen la pretensión de tornarlos capaces de vivir en el mundo, haciendo frente a sus desafíos.

Ni siempre ellos absorben tales valores, así como ni siempre les son pasados adecuadamente. Motivo por el cual la relación entre padres e hijos puede volverse tensa y llena de ruidos indeseables.

No siempre los padres saben cuando es el momento de dejarlos de ver como chicos indefensos para reconocerlos capaces de colocarse en el mundo, asumiendo las consecuencias por los actos que practican. Algunas veces quieren guiarlos, aunque ya sean adultos, porque los consideran incapaces para andar solos. En algunos casos realmente los hijos ya adultos necesitan constante orientación y los padres deben dársela, velada o explícitamente.

Tal como existen padres que exceden los limites sofocando sus hijos con cuidados exagerados por ver algún tipo de fragilidad en ellos.

Algunas veces dirigen atención especial para uno de ellos que consideran menos capaz o por presentar algún tipo de deficiencia, sea física o psicológica. Tal atención es deseable cuando realmente existe alguna incapacidad explícita. Se torna patológica cuando tiende a tomar el lugar del necesario aprendizaje que debería darse naturalmente. Muchos padres por no querer que sus hijos sufran, acaban por evitar que aprendan con una propia deficiencia.

Muchas veces por falta de percepción adecuada de sí mismos, algunos padres acaban por transferir sus carencias y vacíos existenciales a ese u otro hijo, que se transforma en sus anclas. Esa transferencia acaba siendo un peso en la vida de la persona, que pasa a sentirse responsable por el padre o la madre sin que ellos lo necesiten.

Muchas veces el hijo menor recibe esa carga de atención por ser el último y por constituirse en la nueva esperanza de los padres que desean darle de ellos lo mejor. En algunos casos, cuando la mujer siente que su marido se aleja, ocupándose mas sus asuntos de trabajo o preocupaciones, ella tiende a apegarse más al hijo o hija menor, que le hará compañía en la ausencia de él o en la vejez.

Cuando los hijos llegan a cierta edad, necesitan dejar el lugar de preocupación que ocupan en nuestra mente, principalmente cuando los encontramos dependientes, para ocupar o de amigos y compañeros de jornada evolutiva.

Es típico de una madre soltera unirse de forma obsesiva a su hijo porque lo considera su única fuerza y motivo por el cual vivió. Ella le pedirá en el futuro el mismo cariño y atención de la misma forma que se lo dio. Sin querer, ella hará que él se sienta inconcientemente obligado de retribuirle el sacrificio, sobre todo si no cuenta con el auxilio material del padre o substituto.

 

“He aquí vuestra casa os es dejada desierta.” (Mateo, 23:38)

 

Cristo lamentaba el destino de Jerusalén ante el repudio hacia aquellos que le proponían la unión. Notamos que la ingratitud puede ser entendida como una actitud humana natural, pero primitiva.

Los padres muchas veces se sorprenden por la ingratitud de los hijos porque les dieron todo y nada reciben después de un tiempo, cuando de hecho lo necesitan. En este caso los hijos serán ingratos cuando actúen de esa manera.

Por otro lado, los padres deben entender que la soledad forma parte del espíritu en torno a su singularidad. Él fue creado por Dios simple e ignorante para alcanzar la perfección en conjunto con otros, pero su individualidad e inmortalidad serán siempre conservadas.

Cada espíritu toma su rumbo en la vida y así es como nuestros hijos, un día, a pesar del amor que nos tienen, tomarán sus destinos. Aunque la familia originaria continúe unida a la familia generada, ellos seguirán sus vidas.

Nuestra casa un día quedara desierta. No apenas la casa física, sino también la otra, en la cual nuestros hijos nos colocarán como prioridades.

No debemos crear expectativas respecto de la gratitud de los hijos, aunque sepamos tratarse de un deber mínimo de aquellos a los cuales se les dedicó mucho amor. Debemos sentirnos contentos al verlos emancipados y felices por haber conseguido asumir y vivir la propia vida.

 

 

Adenáuer Novaes, Evangelho e Família. 1ª Edición: Fundação Lar Harmonia. Salvador, 2002. Págs. 172-177.