Artículos

El Camino Espírita

Por Marina Silva

marina.miesdeamor@gmail.com

 

En los ítemes 4 y 5 del capítulo 20 de “El Evangelio según el Espiritismo”, el noble Espíritu Erasto diserta sobre la misión de los espíritas. Nos exhorta a predicar la Doctrina sin temor, a sacrificarnos por un bien mayor.

Explica que el suelo ya está preparado para la siembra pero no habrá frutos sin sudor, sin “esfuerzos reiterados”.

Para él, tal tarea es una bendición que Dios nos confió, la cual deberíamos agradecer, sin embargo, muchos espíritas se desvían de su misión e ignoran el camino de la verdad. Serán cobrados por las disensiones de que sean objetos y por causar el retardo de la cosecha.

Los verdaderos espíritas son reconocidos por la caridad que predican y practican, por su amor al prójimo, “por su abnegación, por su desinterés personal (…) y el triunfo de sus principios”.

Sin querer discordar de las elevadas palabras del benefactor Erasto, estoy obligada a decir que no siento que la mayoría de los espíritas estamos encarnados en la Tierra en la condición de misioneros, sino en la de Espíritus portadores de serios compromisos asumidos en pasadas existencias.

Muchos todavía estamos dormidos, postergamos nuestras responsabilidades repetidas veces, no solamente en otras encarnaciones, sino en muchas oportunidades de la presente vida física.

El resultado son dolores íntimos, sensación de vacío, de vergüenza, de crisis existencial. Eso porque nuestro Espíritu reconoce el deber contraído y sufre por elegir los placeres transitorios e inútiles en detrimento de ese deber.

Dios es quien sabe por cuánto tiempo hemos pospuesto la tarea divina.

Los espíritas no hemos venido de vacaciones, sino para dar fe de la existencia de la inmortalidad del Alma, de la vida espiritual, de la bondad y de la Justicia de Dios, de la necesidad de perfeccionarnos incesantemente, de proclamar la Nueva Era en nuestro Planeta para que sus habitantes podamos alcanzar otro escalón en la evolución individual y colectiva.

Hace más de 2 mil años que ha venido Jesús, que sus mensajeros prosiguen en su trabajo de informar y orientar sobre la Ley de Amor y de consolar a través de la misma Ley.

Kardec, el venerable codificador de la Doctrina Espírita, nos iluminó la senda en el siglo XIX. Ya estamos en el siglo XXI y el trabajo debe continuar, incansable, sin interrupciones inútiles.

Al espírita no le está permitido simplemente trabajar en beneficio de sí mismo. Además de la auto-edificación, el espírita debe auxiliar a sus hermanos en su autoiluminación, por el ejemplo, es cierto, pero también por la orientación y la asistencia amorosa.

El espírita verdadero se dedica al estudio no solamente para desarrollar su “ala” intelectual sino también para saber orientar a los demás sobre los temas trascendentales con argumentos lógicos y coherentes, para que nos elevemos juntos.

El espírita verdadero se esfuerza por extinguir sus malas inclinaciones no solamente para desarrollar su “ala” moral, sino también para saber comprender las debilidades de su prójimo y auxiliarlo a luchar contra ellas.

Reconoce su necesidad de descanso, pero no la confunde con un permiso para  la práctica de acciones inferiores. Sin embargo no juzga a sus hermanos que aún se complacen en ellas.

El espírita verdadero respeta la libertad de los demás y aunque no esté de acuerdo con sus ideas y creencias, las respeta todas con amor cristiano.

Atiende con amor a las invitaciones celestiales, a las inspiraciones, a las pruebas, a pesar de las lágrimas, y jamás se considera un privilegiado, sino un depositario imperfecto de los designios de Dios.

Es cierto que muchas veces el espírita se siente sin lugar en este mundo, en la sociedad vigente, un elemento extraño que no es comprendido sino por sus hermanos de ideal (y no siempre), pero no puede flaquear.

Como lo dice Joanna de Ângelis en “Jesús y el Evangelio a la Luz de la Psicología Profunda”,  aunque las circunstancias no sean favorables, un sentimiento superior domina el “servidor devotado” y lo impulsa a seguir esforzándose por su auto-transformación, por superar “los signos del pasado, las herencias primitivas” y trabajar con un amor purificado. Su objetivo es el Bien y pese a los condicionamientos del mundo, se mantiene psicológicamente con la conciencia de sí mismo; administra la vida material sin castrarse o escapar a sus compromisos; no se vincula a caprichos terrestres sino a la Vida sin límite.

Llamados a servir, jamás debemos evitar la tarea ocultándonos en nuestras debilidades y discapacidades. Comprendiendo la invitación de Jesús para servir como sea, sin desánimos, en la condición de Espíritus imperfectos, pero comprometidos y dispuestos a regenerarnos, a disciplinarnos y a contribuir en el progreso y plenitud de nuestros hermanos.

La obra no fallará porque pertenece a Dios, es administrada por Jesús y asistida por Espíritus Puros.

A nosotros solo nos corresponde sembrar y esperar que los misioneros que reencarnan y reencarnarán el la Tierra se encarguen de cuidar de tan preciosas semillas, pues no falta mucho para que las sombras abandonen la Humanidad y brille entre nosotros la luz de la renovación.

 

Artículo publicado en:

Revista Espírita Mies de Amor - Año 4 - N° 14, p. 4.

 

 

Más artículos