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Conducta Espírita ante la Naturaleza

Por Mariana Fantini

 

En la obra mediúmnica “Conducta Espírita”1, dictada por el Espíritu André Luiz al médium brasileño Francisco Cándido Xavier, encontramos una serie de normas que, sin la presunción de trazar directrices absolutas, nos orientan con respecto a nuestras actitudes frente a la vida cuando buscamos abrazar el Espiritismo. Constituyen, según nos explica el Espíritu Emmanuel en el prefacio “…un simple conjunto de recordatorios para uso personal, en el camino de la experiencia, a modo de hoja de ruta de nuestra lógica doctrinaria”.

En esta oportunidad comentaremos brevemente las indicaciones cristianas que esta obra nos ofrece para mejorar nuestra conducta frente a la Naturaleza:

 

De alma agradecida y serena, bendecir la Naturaleza que nos alberga, protegiendo, en todo lo posible, a todos los seres y a todas las cosas de la región en que respiramos.

La Naturaleza forma parte del santuario en que la sabiduría de Dios se torna visible.

Preservar la pureza de las fuentes y la fertilidad del suelo.

Campo ayudado, pan garantizado.

Colaborar espontáneamente en la expansión de las huertas, así como en la forestación y reforestación.

La vida vegetal es marco protector de la vida humana.

Prevenir la destrucción y pérdida de las riquezas de la tierra en explotaciones abusivas, como la quema de los campos, el derrumbe indiscriminado de árboles y el uso de explosivos en la pesca.

El respeto a la Creación es simple deber.

Utilizar el tesoro de las plantas y las flores en la ornamentación general, prodigando los cuidados que les son necesarios, tales como riego y abono.

La protección a la planta demuestra la gratitud de quien recibe su gracia.

Evitar retener improductivamente cualquier extensión de tierra sin cultivo o sin aplicación para fines elevados.

El desprecio deliberado de los recursos del suelo representa una malversación de los favores del Padre.

Aprovechar las fuerzas naturales como auxiliares terapéuticos en la cura de variadas enfermedades, principalmente el magnetismo puro del campo y las playas, el aire libre y las aguas medicinales.

Toda la farmacopea proviene de las reservas de la Naturaleza.

Eximirse de comerciar ilegalmente los recursos de la Naturaleza que encontramos en los lugares bajo nuestra responsabilidad.

El mayordomo siempre será llamado a rendir cuentas.

 

La Tierra es nuestra casa transitoria. Es la escuela que Dios, en su infinita sabiduría, escogió para nuestra evolución espiritual durante esta encarnación. En agradecimiento a esta nueva oportunidad de aprendizaje, debemos respeto a todos los seres, tanto animados como desanimados, que El Creador colocó a nuestro alrededor a modo de auxiliares y compañeros amorosos durante este proceso. Recordemos que el “Evangelio Según el Espiritismo” nos dice que “marcha paralelamente al progreso del hombre, el de los animales, sus auxiliares, el de los vegetales y el de la habitación, porque no hay nada estacionario en la naturaleza”2.

El “Libro de los Espíritus” nos explica que la tierra no produce siempre lo suficiente para proporcionar lo necesario al hombre porque “el hombre, ¡ingrato!, la descuida, y sin embargo, es una excelente madre. Con frecuencia también acusa a la naturaleza de lo que es efecto de su impericia o de su imprevisión”3. Ser previsores implica cuidar el suelo que nos provee los alimentos, prodigándole el abono y descanso necesarios entre cultivos, evitando la sobreexplotación y la contaminación con substancias agresivas para que pueda continuar brindando el sustento a las generaciones venideras.

Conocemos la importancia de los vegetales como productores del oxígeno indispensable para nuestra respiración, su función en la alimentación y en el mantenimiento del equilibrio de todos los ecosistemas necesarios para la vida en el planeta. Por eso es que debemos protegerlos, evitar la tala indiscriminada de los bosques, así como colaborar con su reforestación. Tengamos en cuenta que forma parte de nuestra responsabilidad cristiana tanto prevenir los abusos contra la Naturaleza, como dar un aprovechamiento útil a los bienes que el Padre generosamente ha puesto a nuestro servicio. Si contamos con la oportunidad, debemos hacer producir útilmente las porciones de tierra bajo nuestra responsabilidad, por ejemplo favoreciendo la expansión de huertas y cultivos. Evitar prácticas innecesariamente crueles de caza y matanza de animales, ya sea como deporte, para la alimentación o para el comercio, también es una forma de demostrar respeto hacia la Creación y hacia nuestros “hermanos menores”, los animales.

La belleza de las plantas y flores a nuestro alrededor constituye un regalo del Señor para alegrar nuestros días. Es un tesoro del cual podemos servirnos con moderación, sin someter a estos seres de la naturaleza a caprichos desmedidos. La forma de demostrar respeto y gratitud a las plantas ornamentales por su servicio es brindándoles amorosamente el riego, el abono y la protección necesarios para su bienestar.

En el libro “Nuestro Hogar” el instructor espiritual Lisias explica a André Luiz que el hombre está desatento desde hace muchos siglos a la importancia de la dádiva del agua: “el mar equilibra su morada planetaria, el elemento acuoso le suministra el cuerpo físico, la lluvia le da el pan, el río organiza su ciudad, la presencia del agua le ofrece la bendición del hogar y del servicio”4. Todos podemos desde nuestro lugar aportar nuestro granito de arena para cuidar este elemento vital, evitando su derroche y su contaminación.

La naturaleza es también la fuente de todos los principios químicos de los cuales se ha servido la ciencia para desarrollar los medicamentos necesarios para restablecer nuestra salud física de un gran número de enfermedades. A su vez, podemos emplear algunas fuerzas naturales, tales como el aire libre, el sol y el magnetismo de ciertos lugares, como auxiliares terapéuticos. En el libro “Los Mensajeros” el amoroso instructor espiritual Aniceto5 nos explica que “si no fuese por el poder mucho mayor de la luz solar, unida al magnetismo terrestre, poder ese que destruye intensivamente para seleccionar las manifestaciones de la vida, la flora microbiana de orden inferior, no habría permitido, en la esfera de la superficie terrestre, la existencia, ni siquiera de un sólo hombre. Por esta razón, el suelo y las plantas están llenos de principios curativos y transformadores”. Nos cuenta también que “La Naturaleza nunca es la misma en todas partes. No hay dos porciones de tierra con climas absolutamente iguales. Cada colina, cada valle, posee diferentes condiciones climatológicas. Pero, es forzoso reconocer, que el campo, en cualquier condición, en el círculo de los encarnados, es la reserva más abundante y vigorosa de principios vitales”. “Aquí reina la paz relativa y equilibrada de la Naturaleza terrestre. Ni el estado salvaje de la selva virgen, ni el sofoco de los fluidos humanos. El campo es nuestro generoso camino central, la armonía posible, el reposo deseable”.

Los excesos de alimentación representan otro tema analizado por Aniceto, quien nos previene sobre estos abusos que los hombres propician “despreocupados de la inmensa deuda contraída con la Naturaleza, amorosa y generosa. Ellos oprimen a las criaturas inferiores, hieren las fuerzas benefactoras de la vida, son ingratos con las fuentes del bien, atienden a las industrias rurales, pero más por la vanidad y ambición de ganar, que le son propias, que por el espíritu de amor y utilidad”.

Todos seremos llamados a rendir cuentas por nuestros actos: hacia el prójimo, hacia nosotros mismos y hacia tolo lo que conforma la Creación. Y la Naturaleza, como parte de ésta, es acreedora de todo el respeto y la gratitud que debemos a nuestro Padre bondadoso. El respeto hacia ella es nuestro deber.

“El Señor reserva créditos sublimes de valores evolutivos a los seres sacrificados”, nos dice el mencionado instructor espiritual. “¡No olvidará Él, al árbol útil, al animal exterminado, al ser humilde que se consumió para beneficio de otro ser!”

Aniceto nos insta a enseñar a “nuestros hermanos que la vida no es un robo incesante, donde la planta lacera al suelo, el animal extermina la planta y el hombre asesina al animal, sino un movimiento de intercambio divino, de cooperación generosa, que nunca perturbaremos sin grave daño a nuestra propia condición de criaturas responsables y evolutivas!”

Finalizamos con una reflexión de André Luiz, autor espiritual de este conjunto de recordatorios: “Sabemos que la libertad espiritual es la característica más preciosa de nuestro movimiento. No obstante, si somos independientes para ver la luz e interpretarla, no podemos olvidar que el ejemplo digno es la base para nuestra verdadera unión en cualquier realización respetable.”

 

 

Referencias:

1)     XAVIER, Francisco Cândido, dictado por el Espíritu André Luiz. Conducta Espírita. Capítulo 32.

2)     KARDEC, Allan. Evangelio Según el Espiritismo. Capítulo III: Progresión de los mundos.

3)     KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Pregunta 705. Ley de conservación.

4)     XAVIER, Francisco Cândido, dictado por el Espíritu André Luiz. Nuestro Hogar. Capítulo 10

5)     XAVIER, Francisco Cândido, dictado por el Espíritu André Luiz. Los Mensajeros. Cap. 40, 41 y 42

 

Fuente: Revista Espírita Mies de Amor - Año 3 - Nº 7

 

 

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